El arte detrás del lente: fotografía icónica en el Heavy Metal
A menudo hemos explorado el arte en el Metal, centrándonos en pintores e ilustradores que han dado forma a mundos fantásticos y oscuros. Pero esta vez, giramos el enfoque hacia otro medio igual de poderoso: la fotografía. Nos adentramos en aquellas portadas que no solo capturan una imagen, sino que construyen un concepto, provocan polémica y definen épocas. Comenzamos con una figura legendaria: Ozzy Osbourne.
Blizzard of Ozz: una imagen que invoca una nueva era
Lanzado en 1980 en Europa y en 1981 en Estados Unidos, Blizzard of Ozz marcó el inicio de la carrera solista de Ozzy tras su salida de Black Sabbath. La portada, capturada por el legendario fotógrafo Fin Costello, es mucho más que una simple imagen: es una declaración visual.
Costello, conocido por inmortalizar momentos clave en la historia del rock —como la portada del clásico Kiss Alive! y el explosivo Unleashed in the East de Judas Priest, grabado en Japón en 1979— creó una atmósfera cargada de simbolismo para Blizzard of Ozz. En la sesión, Ozzy aparece arrodillado en un escenario oscuro, sosteniendo un crucifijo con una expresión casi profética. El set fue diseñado para evocar lo sobrenatural y lo ritualístico, en perfecta sintonía con la teatralidad del álbum.
La imagen sugiere redención, oscuridad y poder espiritual. La atmósfera sombría recuerda a una iglesia abandonada o un altar profano, y el crucifijo en manos de Ozzy parece invocar una nueva era musical. Es una fotografía que encapsula transición, misticismo y provocación, todo envuelto en el dramatismo característico del Metal.
Diary of a Madman (1981) es una de las más inquietantes y teatrales en la discografía de Ozzy Osbourne.
Otra fotografía majestuosa de Fin Costello, se sabe por registros visuales y entrevistas que la sesión fue dirigida por un equipo de producción bajo la supervisión de Jet Records, con fuerte influencia creativa de Ozzy Osbourne y su entorno.
La imagen muestra a Ozzy en una habitación estilo terror gótico, con maquillaje de zombie, ropa rasgada y una expresión desquiciada. El ambiente está cargado de elementos teatrales: velas, telarañas, nuevamente aparece la figura de un gato, una cruz invertida y un niño vestido de forma similar a Ozzy, como si fuera su “mini-yo” o un reflejo infantil del personaje loco.
El niño que aparece en la portada es Louis Osbourne, hijo de Ozzy con su primera esposa, Thelma Riley. Louis aparece con un vestuario similar al de su padre, lo que refuerza el concepto de herencia, locura y teatralidad familiar. Esta participación fue producida directamente por Ozzy, quien quiso incluir a su hijo en la narrativa visual del álbum.
El título Diary of a Madman proviene de la película homónima de Vincent Price (1963), y la canción principal fue escrita por Bob Daisley como una reflexión sobre sus propias luchas mentales.
El álbum en general juega con la idea del desorden psicológico, la dualidad interna y el aislamiento, temas que se reflejan en la portada con la figura del niño como símbolo de inocencia corrompida o legado maldito.
Bark At The Moon
La icónica transformación de Ozzy: una sesión fotográfica que rozó lo cinematográfico
En octubre de 1983, los Shepperton Studios de Inglaterra —famosos por albergar producciones legendarias como The Song Remains the Same de Led Zeppelin— se convirtieron en el escenario de una sesión fotográfica que marcaría un antes y un después en la estética del Heavy Metal. El encargado de capturar la esencia de Bark at the Moon fue nuevamente Fin Costello, quien junto a Ozzy Osbourne se sumergió en un universo de referencias góticas y películas de hombres lobo para definir el estilo visual del álbum. La preparación fue meticulosa: ambos revisaron libros y materiales para dar forma a una imagen que no solo acompañara la música, sino que la expandiera hacia lo mitológico.
La jornada comenzó a las seis de la mañana con la aplicación de un elaborado maquillaje prostético, obra del renombrado artista Greg Cannom, conocido por su trabajo en Thriller de Michael Jackson y The Lost Boys. Desde Los Ángeles, Cannom había diseñado moldes y prótesis —dedos, mechones de pelo, texturas— que luego fueron aplicados en Londres, transformando a Ozzy en una criatura salvaje y fantástica. Cubierto de pelo y apenas vestido con unas mallas negras, el cantante soportó el frío y las largas horas sin una sola queja, entregado por completo a la visión artística.
Aunque la idea original era vestirlo con una capa hecha de piel de lobo, Ozzy optó por algo más extremo: una parodia visual que evocara las películas clásicas de hombres lobo, con un toque grotesco y teatral. En una de las tomas más tensas, se le pidió posar con rottweilers detrás, sin saber que les tenía miedo. El ambiente se volvió denso, pero la imagen resultante fue tan poderosa como inquietante.
La sesión se extendió por horas. La escena final, con Ozzy completamente transformado en hombre lobo, no solo selló la estética del álbum: se convirtió en una pieza icónica del imaginario metalero. Lo demás, como suele decirse, es historia.
No Rest for the Wicked: mito, arte y provocación
La portada del álbum No Rest for the Wicked de Ozzy Osbourne, lanzado en 1988, es una obra visual cargada de simbolismo oscuro y provocación estética. La fotografía fue realizada por el británico Bob Carlos Clarke, conocido por su enfoque audaz y artístico, mientras que la dirección creativa estuvo en manos de John Carver, quien diseñó la imagen de Ozzy como una figura mesiánica, sentado en un trono y rodeado por tres niñas vestidas con harapos. Una de ellas le grita al oído, intensificando el dramatismo de la escena. Durante la sesión, Clarke apodó a las niñas como “The Rats”, aunque sus identidades nunca fueron reveladas públicamente, y no existen registros oficiales que las identifiquen. El impacto visual fue tal que Clarke desarrolló un video con una estética y personajes similares, sugiriendo que las niñas formaban parte de una narrativa visual más amplia que acompañaba el lanzamiento del disco, especialmente en el videoclip de “Crazy Babies”. A lo largo de los años, ha circulado el rumor de que una de las niñas podría ser hija de Ozzy Osbourne. No obstante, no existe evidencia oficial que lo confirme. Algunas teorías mencionan a Kelly o Aimee Osbourne, pero considerando que en 1988 tenían apenas 5 y 4 años respectivamente, su participación resulta poco probable en un concepto tan estilizado y simbólico. La mayoría de las fuentes coincide en que se trató de gemelas contratadas especialmente para este proyecto visual. Clarke, fiel a su estilo provocador, probablemente optó por modelos profesionales para lograr la atmósfera inquietante que define la portada. Según Carver, el objetivo era representar a Ozzy como una especie de Jesucristo oscuro, rodeado por seguidores caídos o almas perdidas, en clara sintonía con el título del álbum: No Rest for the Wicked, una frase con connotaciones bíblicas que alude a la condena eterna de los malvados.