Poppy “Empty Hands” una identidad artística que ya no necesita máscara.
La carrera de Poppy siempre ha estado marcada por la transformación, pero no como un truco de marketing, sino como un proceso artístico deliberado. Comenzó como un personaje casi ficticio, una figura diseñada para habitar un espacio digital extraño y ambiguo. Desde allí pasó al pop con una estética pulida y autoconsciente, y más tarde entró en el metal con una naturalidad que sorprendió incluso a quienes la seguían desde sus primeras etapas. Su presencia en grandes escenarios, su colaboración con Babymetal, Amy Lee y Courtney LaPlante, y su capacidad para moverse entre escenas sin perder coherencia hablan de una artista que entiende la música como un territorio de exploración continua.
“Empty Hands” llega en ese punto de madurez donde la búsqueda deja de ser un gesto y se convierte en lenguaje propio.
El álbum abre con “Public Domain”, una pieza que marca el tono: introspectiva, atmosférica y construida desde la sutileza. A lo largo del disco, Poppy trabaja con dinámicas más contenidas que en sus etapas anteriores, apoyándose en texturas, silencios y una producción que privilegia la claridad emocional.
Canciones como “Bruised Sky”, “Guardian” o “Unravel” muestran una escritura directa, casi confesional, mientras que piezas breves como “Constantly Nowhere” funcionan como transiciones que sostienen el hilo narrativo. Hay momentos de mayor intensidad —“Eat the Hate”, por ejemplo— pero integrados con un sentido expresivo, no como ruptura.
“Empty Hands” es el trabajo de una artista que ya no necesita demostrarle a nadie su versatilidad ni su papel creativo: su interpretación y su visión musical son el centro del álbum, como ocurre con tantos vocalistas respetados en la música pesada. Es un disco honesto, cohesionado y emocionalmente preciso, que confirma a Poppy como una creadora que dejó atrás el personaje para habitar plenamente su propia voz, Poppy ya no está explorando quién puede ser: está desarrollando quién es.

























